Jesús dignificó a la samaritana, a una mujer.

El Evangelio de hoy nos presenta el encuentro de la samaritana con Jesús en el pozo (Jn 4,1–28). Te invito a detenerte y contemplar una de las frases más profundas que Jesús nos da en todo el Evangelio:

«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le pedirías a Él y Él te daría agua viva» (Jn 4,10).

Muchas veces vivimos como la samaritana: caminamos de pozo en pozo buscando algo que sacie nuestra sed más profunda. Buscamos en muchas cosas aquello que solo Dios puede dar. Sin embargo, nada de este mundo logra llenar completamente nuestro corazón y por eso estamos inquietos.

Jesús nos espera en el pozo, al lugar cotidiano de nuestra vida, y nos revela que solo Él puede ofrecernos el agua viva que sacia el alma.

Reflexión personal:

a) ¿De qué “pozos” intento sacar felicidad o sentido para mi vida?

b) ¿Reconozco en mi interior la sed profunda de Dios?

c) ¿En qué momentos percibo que mi corazón busca algo más grande y más profundo?

Tómate un momento de silencio.

Presenta cada una de estas preguntas en tu oración y permite que el Espíritu Santo ilumine tu corazón.

Deja que Jesús se acerque a tu propio pozo y te revele el don que tiene para ti. Quédate en ese silencio recibiendo todo su amor.

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El perdón libera y abre el corazón a la esperanza.

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