¡Es el Señor!


Nuestra fe está puesta en Jesús, porque murió por nosotros y resucitó (cf. 1 Co 15,15), subió al cielo y nos prometió el Espíritu Santo.

Él está vivo en cada Eucaristía, y también vive en cada alma, porque hemos sido creados a su imagen y semejanza, y hemos recibido el don del Espíritu Santo.

No sé si alcanzamos a comprender del todo lo que esto significa:
Dios está vivo y constantemente nos ama, como un padre ama a sus hijos.

Él está siempre esperándonos:
para perdonarnos,
para sanarnos,
para levantarnos.

Hoy festejamos, agradecemos y acogemos al Hijo de Dios en nuestras vidas.
Acogemos a un Dios que no se queda en su trono, allá, en un cielo lejano, sino a un Dios vivo, cercano, íntimo y humilde que habita en el paraíso de nuestra alma y que desea poseerla totalmente con su amor.

Preguntémonos:

¿Somos conscientes de este deseo que tiene Dios?
¿Somos conscientes de que nuestra alma es como un castillo de cristal, como nos dice santa Teresa de Jesús?
¿Somos conscientes de que Dios Padre entregó a su único Hijo para rescatar la perla perdida —tú y yo—, para cuidarla y guardarla en el cofre de su Sagrado Corazón?

Él quiere que despertemos a esta verdad:
que la vida no tiene sentido si no le conocemos y no le amamos,
porque solo por Él, con Él y en Él, podemos ser verdaderamente libres y alcanzar la paz que el mundo no puede darnos.

La Resurrección de Jesús nos abre la puerta a la fe,
a la esperanza
y a la caridad.

Y nos recuerda que no seguimos a un Dios ausente, ni a una idea, ni a un recuerdo…

Él está vivo y presente en nuestras vidas, le pedimos la gracia de poder reconocerlo en cada momento para poder decir: ¡Es el Señor!

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Nuestra vida está escondida en Dios: De la Cuaresma a la Pascua de Resurrección