Nuestra vida está escondida en Dios: De la Cuaresma a la Pascua de Resurrección
Este pequeño pajarito con su piquito y con una paciencia admirable, toma una hoja, la perfora delicadamente y la va cosiendo con fibras, hilos y hebras de la naturaleza hasta formar un nido. Escoge, prepara, teje, une y resguarda.
Todo en él parece hablar de una obra silenciosa, escondida y amorosa.
Y al contemplarlo, es difícil no pensar en lo que Dios hace con nosotros durante la Cuaresma hacia la Pascua de Resurrección.
La Cuaresma no es solamente un tiempo de renuncia, sacrificio o esfuerzo exterior.
Es, sobre todo, un tiempo en el que Dios trabaja en lo escondido del alma para dar una vida plena y con sentido.
Mientras muchas veces nosotros quisiéramos respuestas rápidas, cambios visibles o consuelos inmediatos, Dios suele obrar como el pajarito sastre: despacio, en silencio, con precisión y ternura.
Él toma nuestra pobreza, nuestras heridas, nuestros vacíos, nuestras rupturas, e incluso aquello que parece débil o quebrado en nosotros, y comienza a coserlo con su gracia.
A veces no entendemos lo que está haciendo y nos sentimos perdidos - puede ser un proceso que se vive en la noche oscura del alma.
A veces sentimos que solo estamos en un tiempo de retiro, de desierto, de poda o de espera.
Pero en realidad, Dios está preparando un lugar para la vida nueva.
La hoja que el pajarito sastre cose se convierte en refugio, en espacio de ‘encuentro’ ante lo inefable. Dios está trabajando amorosamente en cada área herida de nuestra vida a la Luz de la Resurrección (Cf. Jn 5,17) . Es momento de intimidad con Dios, tiempo de un ardor en el corazón desde el más profundo centro del alma.
San Juan de la Cruz nos dice:
“¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro! “ ( Ll B 1).
Es el tiempo de un nuevo nacimiento:
“¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda!
¡Oh toque delicado
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.” ( Ll B 2).
Jesús le dijo Marta: Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11,25). Por sus méritos hemos sido sanados y, por lo tanto, recibimos del Padre el Espíritu Santo.
El mismo Espíritu Santo que resucitó a Jesús es el mismo Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo y que habita en nosotros, dándonos luz como llama viva de amor.
¿De qué forma puedes agradecer a un Dios amoroso que toca tus heridas y las va sanando con su dulsura?